Estoy viviendo una de esas mañanas en las que nada sucede. A
pesar de que los rayos del sol se asoman por las ventanas, el frio encerrado
entre los muros de este cuarto cala hasta los huesos. Y aún así el olor a café
me ha puesto de buenas, y es que huele a mi madre, a mi hogar. Cada mañana
desde que tengo memoria mamá pone el café siempre cuidando que no hierva,
porqué “café hervido, café perdido”.
Eso del café es todo
un ritual, el café no se toma por tomarse, se toma para saborearse, se toma
para acordarse de Mamá Naty, se toma para recordar las carcajadas de la tía
Licha y los desayunos en familia. Con una taza de café enfrente he derrumbado
muros y construido historias, he arreglado al mundo y parchado ilusiones.
Y aunque siento que el tiempo se me escurre entre los dedos
y pasa velozmente ante mis ojos, con una taza de café entre mis manos se me presenta una
cascada de ganas que me provoca pensar que hoy todo lo puedo.
Entre el deseo de ser y el ruido incesante de mi pensar, el
silencio de este cuarto y la solitud del viento, hoy encaro al mundo
habiendo comenzado el día con la fuerza que sólo me da la historia del café que
corre por mis venas desde que recuerdo.